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Una imagen renovada de María[editar]

Schoenstatt es un movimiento marcadamente mariano. Queremos descubrir toda la riqueza de María según el plan de Dios y sacar las consecuencias de éste para nuestra vida, en nuestra espiritualidad y en la pastoral de la Iglesia y evangelización del hombre actual.


El P. Kentenich ofrece a la Iglesia,


  • primero, una nueva imagen de la Virgen María;
  • segundo, una nueva espiritualidad y pedagogía de la fe mariana, y,
  • tercero, una nueva fuente de gracias mariana: el santuario de Schoenstatt.


Nos preguntamos, en primer lugar, cuál es la imagen original de María que tenía el P. Kentenich.


En general, nuestro pueblo tiene una imagen incompleta e, incluso, una imagen deformada de María. ¿Cómo vemos generalmente a María? La vemos como la Inmaculada y como Madre nuestra.


La vemos como la Madre, Madre del Señor y Madre nuestra. Muchos la llaman con cariño " la mamita Virgen ", tal como hablan del "Tatita Dios". Recurrimos a ella como “la Madre del pan”, que nos auxilia en nuestras necesidades: en nuestros apuros económicos, en nuestras enfermedades, etc. Somos hijos de María y tenemos una tremenda confianza en ella; nos entregamos a ella y a ella confiamos nuestras necesidades. Ella nos ayuda en todas nuestras preocupaciones y problemas. Sabemos que ella nos escucha y que nos responderá pues somos sus hijos. Y está bien, pero en esto falta algo. María es más que la mamá que sale a nuestro encuentro para socorrernos. Ella es ciertamente Madre nuestra; nos conoce y nos ama como nuestra auténtica Madre. Pero María es más que esto.


Ella es la Virgen Inmaculada , la que nunca cometió pecado. Es significativo que para referirnos a María la llamemos simplemente "la Virgen" o " la Virgen María ". Ella es la Inmaculada, el ideal del hombre nuevo, el ideal por el cual nos guiamos; es la nueva criatura, la concebida sin mancha de pecado, es ejemplo de perfección y de pureza. Esta visión de María por cierto que es verídica, pero es incompleta.


María no es perfecta en sí misma, por sí misma, como una grandeza intachable. Ella es perfecta y pura porque fue predestinada como socia y colaboradora de Cristo, como segunda Eva; es Madre nuestra y Madre de la Iglesia, porque en el plan de Dios su misión era ser la Compañera inseparable del Señor, la medianera de las gracias, nuestra educadora en la fe.


Ambas realidades, ser Inmaculada y ser Madre, si no se ven en el contexto de una imagen integral de María, terminan deformándose. El ser Inmaculada y el ser Madre pueden de hecho llegar a absolutizarse y a aislarse como realidades separadas de su contexto. Por eso el concilio Vaticano II quiso mostrar a María en el misterio de Cristo y de la Iglesia y Pablo VI abogaba por una imagen trinitaria, cristológica y eclesiológica de María (cf. Marialis Cultus).


No se trata de que la Virgen no sea el ideal perfecto del cristiano como la Inmaculada, sino, en primer lugar, de entender bien que decir Inmaculada no se refiere sólo a que ella no cometió pecado alguno o que es enteramente imagen ideal de la pureza en medio de un mundo hipersexualizado. Ella es Inmaculada, concebida sin pecado, porque fue predestinada como Nueva Eva junto al Nuevo Adán, como Esposa del Verbo encarnado. El misterio de la Inmaculada es que ella es toda de Cristo, que todo en ella está referido a Cristo Jesús.


Por otra parte, María es Madre nuestra. El Señor la proclamó así desde lo alto de la cruz en el Gólgota. Pero su función materna no se refiere en primer lugar a que ella nos ayuda en nuestras necesidades materiales, sino que ella, como madre nuestra, nos educa y nos lleva a Cristo; ella acompaña, con su corazón maternal y su intercesión de gracias, al Pueblo de Dios en su peregrinar hacia la Casa del Padre.


El P. Kentenich define la persona y la misión de la Virgen María diciendo: la Virgen María es la Compañera y Colaboradora permanente del Señor en toda la obra de la redención. Ella es la socia de Cristo; la nueva Eva junto al nuevo Adán. Según el P. Kentenich, es esencial, para comprender el misterio de María, la bi‑unidad entre ella y Cristo. No podemos hablar de María sin hablar de Cristo, y no podemos hablar de Cristo sin hablar de María, su Compañera y Colaboradora inseparable y permanente. La redención posee un carácter mariano porque Cristo la involucró en su obra en forma única y universal.


¿Cuál es, entonces, "nuestra" imagen de María? La imagen que nos muestra el P. Kentenich de María se caracteriza por ser una imagen integral (es decir, muestra toda la riqueza de su persona); integrada (es decir, está situada en el contexto de las verdades centrales de nuestra fe y de la historia de la redención: es trinitaria, cristológica y eclesiológica); es una imagen de María centrada en el misterio de Cristo, o en la bi‑unidad con él y, por último, acentúa el P. Kentenich, es una imagen vista en el contexto de los desafíos de nuestra época.


Esta relación, tal como la pensaba el P. Kentenich, la expresa diáfanamente el Documento de Puebla:


Según el plan de Dios, en María «todo está referido a Cristo y todo depende de Él» ( MC 25). Su existencia entera es una plena comunión con su Hijo. Ella dio su sí a ese designio de amor. Libremente lo aceptó en la anunciación y fue fiel a su palabra hasta el martirio del Gólgota. Fue la fiel acompañante del Señor en todos sus caminos. La maternidad divina la llevó a una entrega total. Fue un don generoso, lúcido y permanente. Anudó una historia de amor a Cristo íntima y santa, única, que culmina en la gloria.


María, llevada a la máxima participación con Cristo, es la colaboradora estrecha en su obra. Ella fue «algo del todo distinto de una mujer pasivamente remisiva o de religiosidad alienante» ( MC 37). No es sólo el fruto admirable de la redención; es también la cooperadora activa. En María se manifiesta preclaramente que Cristo no anula la creatividad de quienes le siguen. Ella, asociada a Cristo, desarrolla todas sus capacidades y responsabilidades humanas, hasta llegar a ser la nueva Eva junto al nuevo Adán. María, por su cooperación libre en la nueva Alianza de Cristo, es junto a Él protagonista de la historia. Por esta comunión y participación, la Virgen Inmaculada vive ahora inmersa en el misterio de la Trinidad, alabando la gloria de Dios e intercediendo por los hombres. (n. 292-293)


Nuestra imagen de María, profundamente cristica, es trinitaria. La vemos inmersa en el misterio del Dios Uno y Trino.


María María es la hija predilecta del Padre y el instrumento escogido del Espíritu Santo , la esposa del Verbo de Dios . Ella tiene una relación única con la Santísima Trinidad por haber sido predestinada en un mismo decreto como socia de Cristo y nueva Eva junto al nuevo Adán. Por eso es la "plena de gracia".


Por lo mismo, María es la antítesis del demonio, aquella que aplasta con su pie la cabeza de Lucifer. Lo es no sólo porque no cometió pecado, sino porque ella está íntimamente asociada a Cristo, Vendedor de la muerte y del pecado, y porque dio un sí pleno y perfecto a la voluntad del Padre.


Por lo mismo María también está profundamente relacionada con la Iglesia: es su prototipo y personificación. Como corredentora y medianera de gracias es Madre de la Iglesia. Ella nos dio a luz con Cristo, al pie de la cruz; donde nos fue confiada por el Señor como Madre.


María, la Gran Señal de Dios para nuestro tiempo[editar]

El P. Kentenich nos muestra no sólo una imagen de María integral e integrada "supratemporal", es decir, válida para todos los tiempos, sino, al mismo tiempo, una imagen de María referida a nuestra situación histórica, a la problemática del hombre actual y de la sociedad contemporánea. La muestra como la Vencedora de las herejías antropológicas de nuestra época y educadora de un nuevo tipo de hombre.


El hombre es el centro de la preocupación de nuestro tiempo. Juan Pablo II lo expresaba ya al inicio de su pontificado, en la inauguración de la Conferencia Episcopal de Puebla: "La nuestra es, sin duda, la época de los humanismos y del antropocentrismo. Sin embargo, paradójicamente, es también la época de las más hondas angustias del hombre respecto de su identidad y destino, del relajamiento del hombre a niveles antes insospechados, época de valores humanos conculcados como jamás lo fueron antes".


En el trasfondo de esta época marcadamente antropocéntrica, Dios ha querido hacer brillar la gran señal de María como la mujer que desenmascara los ídolos de nuestra época y hace brillar la luz del ideal del hombre redimido, tal como Dios lo concibió en su pureza primitiva.


Pablo VI afirma en su exhortación apostólica Marialis Cultus: “La lectura de las Sagradas Escrituras, hecha bajo el influjo del Espíritu Santo y teniendo presentes las adquisiciones de las ciencias humanas y las variadas situaciones del mundo contemporáneo, llevará a descubrir cómo María puede ser tomada como espejo de las esperanzas de los hombres de nuestro tiempo ”. Luego de dar algunos ejemplos, afirma: “aparece claro en ellos cómo la figura de la Virgen no defrauda esperanza alguna profunda de los hombres de nuestro tiempo y les ofrece el modelo perfecto del discípulo del Señor: artífice de la ciudad terrena y temporal, pero peregrino diligente hacia la celeste y eterna; promotor de la justicia que libera al oprimido y de la caridad que socorre al necesitado, pero sobre todo testigo activo del amor que edifica a Cristo en los corazones. (n. 37)


Esta perspectiva “antropológica” de la imagen de María la tuvo el P. Kentenich desde el inicio de Schoenstatt . En su plática del 31 de Mayo de 1949, lo expresa de esta forma:


La santísima Virgen tiene una gran tarea frente al Occidente. Una vez que me hizo comprender esto, me pidió que yo también le entregase todo . Esto es lo hermoso, lo grande, que nuevamente nos une: Presentamos a la santísima Virgen nuestro desvalimiento, y ella nos regala también su desvalimiento, pero también su buena voluntad. ¿Qué pide en cambio de nosotros? El reconocimiento de nuestro desvalimiento ...


Por otra parte, si ustedes me comprenden bien, podría agregar que no sólo yo, no sólo nosotros, sino también la santísima Virgen está desválida ante la situación. Es cierto que ella es la Omnipotencia Suplicante ante el trono de Dios, pero también es cierto que según el plan del Amor eterno, ella está supeditada a instrumentos humanos dóciles y de buena voluntad. Si por el Primer Documento de Fundación ella ha aceptado la tarea de mostrarse en Alemania, desde nuestro Santuario, en forma preclara, como la vencedora de los errores colectivistas, entonces -me expreso a la manera humana- ella busca ansiosa con su mirada instrumentos que la ayuden a realizar esta tarea.


¿Qué nos queda sino ponernos sin reservas a su disposición en el sentido de nuestra consagración, aceptar sus deseos, entregarnos nuevamente a ella, dejando a ella la responsabilidad por la gran obra, en la cual nosotros, dependiendo de ella y por interés en su misión, queremos cooperar, sufrir, sacrificarnos y rezar? La santísima Virgen está desvalida, ella sola nada puede. Es un honor para nosotros poder ayudarla.


Desde un punto de vista antropológico, descubrimos en María, en una época de cuestionamiento sobre el sentido y naturaleza del hombre y su destino, la imagen perfecta del ser humano; en un tiempo de confusión de los sexos y cuestionamiento de la identidad femenina, muestra en ella la encarnación preclara de la identidad de la mujer, madre y esposa; cuando la dignidad del ser humano está en peligro y es conculcada desde el seno materno hasta su muerte, ve en ella al hombre libre, capaz de comprometerse y de asumir una responsabilidad histórica; cuando impera el individualismo y la masificación, hace resplandecer en ella la realización plena de la persona en la solidaridad, la entrega en el servicio y la sensibilidad social; cuando impera el secularismo, la ausencia de Dios y la descristianización del hombre y de la sociedad, ve en María la perfecta relación armónica de lo divino y lo humano, de la actividad de Dios y la nuestra. María es la Gran Señal de Dios para el tiempo y la cultura actual. Una humanidad más cercana de María es una humanidad mas humana y más cercana a Cristo.

Fuente[editar]

Tomado de MundoSchoenstatt