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Magnanimidad
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Magnanimidad

De WikiSchoenstatt

[editar] Magnanimidad según el P. Hugo Tagle

El valor de la magnanimidad es poco conocido y entendido. Se nos habla de “ánimo o espíritu grande”, pero nos queda mas claro cuando vemos sus antónimos: mezquindad, tacañería, pusilanimidad. La magnanimidad es una disposición hacia el dar más allá de lo que se considera normal, de entregarse hasta las últimas consecuencias, de emprender sin miedo, de avanzar pese a cualquier adversidad.


El “ánimo grande” es el valor que convierte a un simple ser humano en un héroe. No es una simple motivación extraordinaria e impulsiva para realizar algo, sino ese constante querer hacer el bien cada vez mejor, sin las limitaciones que el cálculo humano a veces nos pone.


En el momento que vivimos estamos propensos a conformarnos con lo que somos: más calculadores que generosos, orientando nuestros esfuerzos a la adquisición de bienes materiales. Para lograr esto no hace falta magnanimidad porque la ambición es suficiente. Un ánimo grande se caracteriza por la búsqueda de la perfección como ser humano y la entrega total para servir desinteresadamente.


Un ánimo grande aleja la envidia y el resentimiento; supera el temor a ser criticado por hacer algo que considera bueno; tiene la capacidad de afrontar grandes retos con paciencia y perseverancia.


Para el magnánimo no existen tareas de ínfima categoría o el temor a cuidar lo que podría denominarse “buena imagen”. Actúa con la convicción de cumplir con un compromiso y un deber personal: ayuda a quien goza de menor simpatía en un grupo; saluda con cortesía, cede el paso, o sirve en la mesa al empleado y al amigo por igual; se presta para mover muebles o bultos; dedica a Dios más tiempo del que en estricto derecho le tenemos reservado. El alma grande se pregunta no sólo qué bien hacer sino cómo hacerlo mejor; realiza aquello que le disgusta, tratando de encontrar encanto en todo; soporta las contrariedades con serenidad, domina su tristeza, omite los comentarios negativos hacia su persona y olvida las contrariedades del camino.


La magnanimidad es un excelente medio para robustecer el espíritu de servicio, la generosidad, el perdón y el optimismo. Todas nuestras acciones se ennoblecen cuando están al servicio de los demás: el consejo, la ayuda, la compañía y hasta el mismo trabajo, son los medios ordinarios que tenemos al alcance para hacer de nuestras labores y aspiraciones algo grande, algo fuera de lo común, algo que engrandece el alma casi sin darnos cuenta.


[editar] Magnanimidad, por PAULINA RESPALDIZA

Analizando la literatura, la siguiente definición me pareció bastante clara, pues vincula la inteligencia con el ‘gustar’, con el alma. «La magnanimidad regula la mente en relación con todo lo que es grande y honorable; anima todas las demás virtudes, incitándolas a orientarse preferentemente hacia todo lo que sabe a grandeza» .


Podríamos decir que la magnanimidad es la virtud que nos impulsa a aspirar de modo realista y esforzado a las cosas grandes desde lo más profundo de nuestro corazón ayudado por la voluntad. Es una aspiración que corresponde a nuestra propia identidad, de acuerdo a nuestras capacidades y posibilidades. La persona magnánima se conoce bien a sí misma. Por ello, tiende a dar el máximo de su ser en cada circunstancia concreta de la vida; ya que tiene un recto conocimiento de sí mismo, sabe quién es, de lo que es capaz y aquello a lo que debe y puede aspirar. Frente a los desafíos de la vida, responde con ánimo decidido, tenaz y valiente.


Bajo esa mirada, el mundo de hoy, nuestro mundo, parece necesitar con urgencia de la magnanimidad, de más almas grandes y nobles. Personas decididas son las únicas que podrán romper la cadena de odios que tanto nos oprime. Ellas lucharán con valentía frente a temas tan polémicos y vigentes en la actualidad como el aborto, la eutanasia, homosexualidad, sólo por mencionar algunos. Sí, debemos aspirar a lo más grande, entregarnos con generosidad por nuestros ideales y no ceder a la lógica de la violencia que nos impulsa a devolver "ojo por ojo y diente por diente", basta leer los diarios para ver que esa es la norma que regula el actuar de muchos. También hay que ser grande de corazón para no creer que uno siempre tiene toda la verdad, para ponderar en su justa medida las actuaciones propias y las ajenas, para que el lenguaje sirva para defender ideas sin atacar a las personas. Las almas grandes y virtuosas son capaces de darse enteramente y sin límites. Es un hecho, sólo las almas generosas son capaces de actos generosos porque han penetrado el misterio de aquella máxima de la sabiduría popular que dice que hay más alegría en dar que en recibir. En esto consiste la magnanimidad. Es la alegría en el dar. Dar lo que somos y tenemos. Dar con plenitud, hasta llegar a lo más alto que es la magnanimidad.


Todos necesitamos tener un alma grande. Todos necesitamos esa fuerza interior que nos impulsa a elevar nuestra vista hacia los grandes ideales y vivir con lo que nuestros abuelos llamaban hidalguía, nobleza de espíritu y buen corazón. No son valores pasados de moda, son necesidades actuales y –por lo tanto- es urgente volver a conquistar esta virtud tan abandonada en su esencia, aquélla que distingue a los seres humanos que se comportan y se relacionan con los demás con "grandeza de ánimos y altura de miras". Aspirar a lo más grande por, para y con los otros.


Detengámonos unos minutos en María. Ella es modelo de magnanimidad pues su máxima aspiración es responder a la grandeza de su vocación y misión: ser Madre de Dios (Lc 1,38) y Madre nuestra (Jn 19,25-27). Ella nos enseña a vivir la magnanimidad en la obediencia a su Hijo: Jn 2,5; Lc 11,27-28. Para nosotros, la imitación de este valor consiste en cultivar como la misericordia y compasión para comprender lo que está en el fondo. Nadie se vuelve magnánimo de la noche a la mañana, se logra a través de pequeños actos de generosidad diarios que a la larga se vuelven espontáneos y, poco a poco, magnánimos. Seguramente no tenemos los medios como para solucionar problemas como la pobreza, pero todos tenemos la oportunidad de ofrecer una cálida sonrisa, un trato digno de personas, actitudes de amor y perdón, una palabra de aliento o un gesto de afecto a aquellos con quienes nos topamos diariamente.


No podemos esperar grandes oportunidades para ser generosos y, luego, poco a poco, magnánimos. Bastan las pequeñas ocasiones que a diario se nos presentan. Así, casi sin darnos cuenta, con el esfuerzo constante, seremos capaces de dar y darnos en el ahora de nuestra vida.


Hagamos vida las palabras que Juan Pablo II dijo a los jóvenes cubanos en Camagüey en abril de 1999 "...Acojan el llamado a ser virtuosos. Ello quiere decir que sean fuertes por dentro, grandes de alma, ricos en los mejores sentimientos, valientes en la verdad, audaces en la libertad, constantes en la responsabilidad, generosos en el amor, invencibles en la esperanza. La felicidad se alcanza desde el sacrificio." (JUAN PABLO II a los jóvenes cubanos en Camagüey).


Fuente: Schoenstatt Vivo


[editar] Magnanimidad, prédica del P. Daniel Jany, 18 de Agosto de 2009


 Un presbítero entra al templo con una antorcha en una mano y con un recipiente de agua en la otra. La gente pregunta asombrada: "¿Qué hace?".

 Responde: "Con el agua quisiera apagar el infierno y con la antorcha incendiar el Cielo". Nuevamente pregunta la gente: "¿Por qué?".

 "Quisiera que los hombres amen a Dios sin angustia ni temor por el infierno y sin pretensiones de un premio en el Cielo".

Conocemos un nombre para la actitud que aquí se busca: Magnanimidad. Sobre esta magnanimidad está edificada toda la Obra de Schoenstatt - pero especialmente la Federación. Y en esta magnanimidad tenemos la clave más importante para responder a los desafíos del nuevo tiempo, para configurar la Iglesia de las nuevas playas. Porque esta actitud es el lado humano de la gran Ley Fundamental del Universo, el Amor: Todo por Amor, todo a través del Amor, todo para el Amor. O también: la Voluntad Divina de comunicarse. Teológicamente es la cuestión del motivo de la Encarnación.


En 1934 el P. Kentenich se ocupó exhaustiva y decisivamente de este tema. Y la línea fundamental de sus exposiciones tiene su raíz en la frase de San Pablo que escuchamos hoy:


"Por amor (el Padre) nos predestinó a ser sus hijos por medio de Jesucristo" (Ef 1,5).


Nos hallamos ante de una de los objetivos centrales del P. Kentenich para comprender y realizar la misión de Schoenstatt.


Para mostrarlo, algunos textos del P.Kentenich extractados de aquel año (Las Fuentes de la Alegría, Conferencia 10; muy adaptados, para hacer clara la línea del pensamiento):


"En la interpretación de la Voluntad Divina de comunicarse aquí en la tierra, de la Ley Fundamental del Universo, buscamos lo esencial y central. La respuesta es fácil: la persona del Dios-Hombre. A El debemos incorporarnos. El Padre busca que la mayor cantidad de hombres lleven en su rostro los rasgos de Cristo.

Aquí radica una discusión. La pregunta es: ¿Se hubiese hecho hombre el Hijo de Dios, si Adán y Eva no hubiesen pecado? Ante todo, ustedes quizá me retrucarán: ¡Son bagatelas, no queremos detenernos en tales cosas!

Pero tal cuestión no es solamente especulativa, sino que influye en la vida práctica.

La posición generalmente asumida dice: Dios no se hubiera hecho hombre si Adán y Eva no hubiesen pecado. ¿Qué es lo que resuena? El Dios justiciero. Exige expiación. Entonces viene el Hijo de Dios y dice: realizo la expiación. El centro lo ocupa totalmente la Justicia de Dios.

La otra postura: El misterio central es el Amor. Ninguna otra causa habría actuado en este caso; sólo el Amor, la Voluntad de Comunicarse. El Amor llevó al Padre a actuar y al Hijo a tomar la naturaleza humana.

¿Qué efectos debemos esperar de este planteo? ¿Qué es lo más importante? Una transformación de nuestra forma de pensar y sentir.

¿Qué soy yo? Hijo de Dios, amigo de Dios. ¿Cómo debo sentirme frente a Dios? Realmente debemos experimentarnos vivencialmente, también afectivamente, como hijos de Dios, amigos de Dios. ¡Pero cuántos de nosotros se sienten como creatura, súbdito, esclavo y perro frente a Dios!

Toda nuestra actividad educativa no debe ser otra cosa que el desarrollo, la continuación de la Ley Fundamental del Universo, la continuación de la Actividad Creadora de Dios ... La Fuerza Creadora del Amor".


Podemos decir que la justicia como Ley Universal Fundamental y el miedo como motivo pertenecen a la actitud humana en general y fueron preponderantemente la actitud humana fundamental de la humanidad hasta la Edad Moderna.


Pero a la orilla más nueva del tiempo le corresponde la nueva actitud de magnanimidad, que crece a partir de la conciencia del amor de Dios y debe reconfigurar nuestro corazón.


Lo que no ocurre automáticamente. Todavía una cita del P. Kentenich:


 "¿Quién les puede decir - si es que pueden decirlo Uds. mismos: En mi vida son realmente Dios y el Amor de Dios el motivo principal de todo mi actuar? Y si me dijesen que es así, abruptamente les respondería: ¡No les creo que encuentren muchos que lo puedan decir!

Como lo que me importa es transformar totalmente nuestra manera vital de sentir, puedo decir: ¿Cómo me comporto ante Dios? Soy una creatura de Dios, un hijo de Dios, un esclavo de Dios, un perro de Dios.¿Cuál es la actitud del cristiano actual frente a Dios? ¿No vive acaso la inmensa mayoría - también de cristianos comprometidos; quizá tampoco nosotros deberíamos exceptuarnos - como si la Ley Fundamental del Universo fuese la justicia? En mi vida, ¿es también el temor de Dios la Ley Fundamental del Universo?" (Conferencia 8).


Quizá podríamos objetar: ¡Eso es algo del pasado! ¡Todo eso ya lo llevamos a la práctica! Pero todavía en 1952 el P. Kentenich lo repite (también dirigiéndose a presbíteros):


"¿Creen realmente que Dios los ama? Si me respondieran que sí, entonces les diría: no creo que Uds. lo crean. Podemos poner al yo, también en la meditación, en el centro, y no sólo para decir que somos 'nada y pecado'. ¡No! ¡Valgo mucho! ¡Dios me ama! Esa es la obra maestra" (21 de julio de 1952).


¿Hoy nos diría lo mismo el P. Kentenich?


Por lo menos hay que aceptar que mucho (por no decir "todo") de nuestra actividad religiosa común, nuestra pastoral, todavía está orientada hacia la antigua orilla.


Por ejemplo, en muchos aspectos se sigue comprendiendo a Jesús como quien "expía" nuestras culpas (interpretación del Misterio de la Cruz). Por cierto que nos redime y nos salva. También.


Pero lo más importante y central es que nos regala una Vida Nueva - la de hijos de Dios - y quiere llevarla a su plenitud.


Lo escuchamos en el Evangelio a través del símbolo del "Agua Viva" (¿Será quizá Jesús el que quiere eliminar el miedo al infierno con el recipiente de agua?).

"De su seno brotarán manantiales de Agua Viva" (Jn 7,38)


Por eso nuestra misión: no sólo afirmar el amor de Dios como Ley Fundamental del Universo, sino llevarlo a la vida por la actitud de la magnanimidad, es decir, hacer carne al máximo este amor. Sólo así podemos ser alma del mundo nuevo.


Para terminar otra narración (de autor desconocido), para ilustrar qué decisivamente importantes son los testigos vitales de este amor de Dios para el hombre actual:

Una persona está ante el trono de Dios y dice: ¡Ah! ¡Finalmente es cierto que existes! El Señor Dios responde: Así es, pero la cuestión decisiva es si me amas.

Respuesta del hombre: ¡De ninguna manera! El Señor Dios pregunta: ¿Cómo que no?

A lo que el hombre dice: ¡Discúlpame! ¡Pero en mi vida nunca experimenté tu amor! Entonces dice el Buen Dios: ¡Entonces soy yo el que debe disculparse! ¡Pasa!


Fuente: [1]