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Hermana M. Alejandra

De Wikischoenstatt
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El tiempo del Exilio del Padre fue un tiempo de muchas exigencias que despertó mucho heroísmo. En Argentina estaba todo por hacerse. La Hna. M. Alejandra, con su ansia de entrega total, supo ver en este tiempo difícil una oportunidad para canalizar su anhelo y demostrar así un amor heroico por el Padre Fundador y por la fecundidad de la Obra de Schoenstatt en Argentina.


Lo más grande de la Hermana M. Alejandra no está quizás tanto en su muerte física, sino en el hecho de que su vida fue un permanente sí a la voluntad del Padre, y una entrega total para que su tierra Argentina sea schoenstattiana. Ella es semilla del Reino nuevo y la luz de su vida señala al Santuario Nacional, donde anhelaba congregar frente al Altar de Peregrinos a la Juventud de su tierra.


¿Quién es la Hna. M. Alejandra?


Tita- como la llamaban en su casa- nació el 19 de abril de 1929 en la Capital Federal en el barrio de Once. Era una chica despierta, dinámica, con reacciones coléricas, pero a la vez sumamente reflexiva y profunda. La primera comunión fue para ella una hora decisiva. Allí se despertó por primera vez en su alma el amor a Jesucristo. Amor que nunca más la abandonará.


Más tarde -estando ya en el secundario- una amiga la invitó a participar en los grupos de ACA. Tita acepta a pesar de la viva oposición que enfrenta en su casa, pues sus padres -sobre todo su mamá- no comprende su fervor religioso. (Ellos eran católicos pero no practicantes.)


Tita debe comenzar entonces una fuerte lucha por mantenerse fiel a sus convicciones. En esta lucha emerge un rasgo en su personalidad que de ahí en más la caracterizará para siempre: no conoce medias tinta, ni tampoco las acepta. Cuando tenía 17 años, un gran sufrimiento marcó a fuego y probó como el oro en el crisol su fe en Dios Padre: su papá fallece en un accidente. En su papá, Tita siempre había tenido apoyo; era quien más la comprendía, a quien amaba de todo corazón. Es más, su relación cálida y armoniosa con él la había ayudado a captar profundamente lo que significa ser hija de Dios. Pero, por eso mismo, a pesar del sufrimiento que esto le causa, no flaquea en su fe, sino que se arraiga más en ella. Sus ansias de conocer y amar más a Dios la llevan a participar de un curso de teología donde toma contacto con Schoenstatt por primera vez.


Al conocer Schoenstatt siente que responde a las inquietudes que palpitan en su alma y por eso, se entrega a la Mater con vertiginosa rapidez. Aprovechaba todos los viajes para tratar de conocer mejor Schoenstatt, sea a través de la conversación o de la lectura. A la vez, comienza a interesar a otras jóvenes con quienes intenta formar un grupo. Muchas veces solía referirse al Santuario llamándolo “el lugar donde voy a cargar nafta”, pero sobre todo, era para ella, el lugar donde se entregaba incondicionalmente a su Reina.


Tenía un gran espíritu apostólico y una clara conciencia de estar “fundando” Schoenstatt en su tierra; pero por eso mismo, quería asemejarse en la entrega a la actitud interior de los primeros héroes de Schoenstatt.


“Quiero ser un segundo José Engling”, era una frase que repetía a menudo. Pero no eran sólo palabras... cada día trataba de encarnar ese heroísmo. Ella era la hija mayor y la que debía mantener a la familia. Con solicitud maternal se encargaba de la educación de su hermano menor. En su trabajo se esforzaba incansablemente por ser amable, atenta, alegre y a la vez eficiente y responsable. Quienes tenían contacto con ella notaban que escondía un secreto especial, algo que no se podía explicar pero que conquistaba los corazones y los eleva a Dios. Sin duda, era su profunda vinculación a la Mater y a Schoenstatt. Ella tenía dos grandes anhelos.


En 1956, luego de varios obstáculos en su familia, ingresa a la comunidad de las Hermanas de María. Tita se hace querer enseguida. Sus hermanas de Curso la aprecian mucho tanto por su espontaneidad y la alegría, como por la profundidad de su entrega.


Dos anhelos la motivan a aspirar con todas sus fuerzas a la santidad: la extensión de Schoenstatt en Argentina y el regreso del Padre y Fundador a su familia de Schoenstatt (que está en exilio). Sin embargo, conoce las “leyes” que parecen perpetuarse en el Reino de Dios. Sabe que no es por medio de grandes cosas exteriores que alcanzará estos fines sino por la entrega silenciosa y heroica a la Mater. Por eso siempre de nuevo renueva su anhelo de ser Cruz Negra en la tierra argentina.


El primer paso hacia la posesión de ese “tesoro”, que es Schoenstatt para ella, lo da Tita el 10 de julio de 1955, cuando, como joven de veintiséis años, sella su Alianza de Amor con la Madre, Reina y Victoriosa Tres Veces Admirable de Schoenstatt, a través de esta oración que ella misma escribe para esa oportunidad, y que revela la profundidad y la altura espiritual con las que realiza ese acto:

“Aquí estoy a tus pies, ¡Oh Madre y Reina Tres Veces Admirable de Schoenstatt! o más bien diría de rodillas y apoyada en   tu tibio y dulce regazo. Permíteme que te hable así, Madre y Dueña mía, pues éste es tu hogar, la tibia Capillita, Santuario  de tus gracias.
Aquí estoy y vengo a consagrarme a ti, a sellar el pacto amoroso, la Alianza de Amor. Aquí estoy, con mi pobre corazón,  con mis ansias y dolores, con mis aspiraciones y gozos, mis pecados y negligencias, mis actos buenos, mis fracasos y  éxitos, lo que soy y lo que tengo.
Aquí estoy, aquí me tienes, para darte mi corazón, para que lo cambies por el tuyo; aquí estoy, Madre, porque Tú me  llamaste, porque Tú me atrajiste. Ahora veo claro el hilito de amor con que uniste mi vida con paciencia y dedicación de  Madre. Toda mi vida estaba esperando, aun sin saberlo, que Tú me tomaras en la generación de los que trabajan por el  Reinado de tu Amado Hijo. Gracias, Madre, con toda mi alma y mi ser, con los latidos de este corazón que ya no me  pertenece. Porque Tú me darás las gracias para que sea como Dios quiere que sea, para que encarne la idea que desde la eternidad tuvo el Padre de mí.

¡Oh Hija Predilecta del Padre, haz de mí una hija fiel y amante! Haz que ya no tenga otro pensar, otro amar, otro ideal,  que consolar y servir a tu Divino Hijo, ¡Oh Madre del Dios Vivo!, como Tú lo hiciste. Por El y para El sea yo una hostia plenamente consagrada en la custodia de una Cruz Negra.

¿Qué podría darle yo, qué podría hacer yo sin sus gracias y a través de sus merecimientos?; pero por tus manos pasan los  tesoros de sus dones y los amores del Espíritu Santo. ¡Dame las gracias necesarias y luego pídeme lo que quieras!
¡Oh, Esposa predilecta del Espíritu Santo! Haz, Madre del Amor Hermoso, Señora de la alegría, que sea tu fiel instrumento que me deje manejar por Ti en fe, amor y humildad, tanto en las alegrías como en las penas, tanto en las jornadas de entusiasmo como en las más oscuras sequedades. Haz que yo desaparezca y sólo Tú brilles.
Húndeme en la tierra para que sea germen y no obstáculo.
Reina mía, aquí estoy y me entrego entera, tómame para el Reino de tu Hijo y no mires mis flaquezas y pecados; que no se pierda la Obra de Schoenstatt; que por mi indignidad y pese a ella florezcan y reluzcan las misericordias del Señor.
Gozosa me entrego, y te digo gozosa porque me siento feliz de ser mujer como Tú y poder sentirme así más apta para asimilarte, gozosa de vivir en esta tierra y brindarme para ella y en esta época precisamente, para tomar las espadas que descansan en las tumbas de tus adalides, en la tumba de los héroes y saludarte, ¡Oh Emperatriz de los Cielos y la tierra!
Todo mi ser y mi futuro están en tu fuente. Que el Capital de Gracias sea cada vez más caudaloso y si para esto es necesario que yo sea molida, que beba el Cáliz hasta las últimas heces, dame las gracias necesaria y no me tengas compasión:
Todo a Schoenstatt consagré.
Su deseo es para mí cual mandato,
y moriré por el Reino que elegí.
Oh Madre, aquí está tu piedra, húndela en la tierra y si para que en el lugar que te elegiste fuera necesario: ¡que el Reino  de Schoenstatt pase sobre mi cadáver! pero que tú Reino venza.
Derrama desde allí tus gracias para que tu amor derrita los corazones endurecidos, estalle los fervorosos y atraiga a todos  hacia tu Santuario! Amén.”


Ingreso al Instituto de las Hermanas de María

En Schoenstatt ha encontrado lo que buscaba su corazón. Sus ansias naturales de entrega a ideales grandes se canalizan en el anhelo ardiente de dar todo, como bien lo expresa su oración, por la fecundidad de la Obra en la Argentina. Esta realidad, unida a la vocación virginal que el Señor había despertado en su alma ya años atrás, hace madurar en ella la decisión de consagrar su vida a Dios en la comunidad de las Hermanas de María.


Es propio de los Institutos Seculares de Schoenstatt que sus miembros constituyan entre sí grupos -cursos- los cuales están unidos por la aspiración a un ideal común. Tita es la mayor de su curso pero se adapta perfectamente a sus compañeras tanto en los momentos alegres y divertidos como en el entusiasmo por escalar juntas la cumbre de la santidad.


Dos cosas son las que las unen en la conquista de esa meta: la conciencia de llevar Schoenstatt a todos los rincones de la Argentina y la integridad del Schoenstatt total que en este momento se ve amenazada por el exilio del Fundador. (Hecho que se prolongó hasta 1965). Las ansias de entrega ardiente que palpitan en su corazón y que se concentran en un solo punto: Dios, su patria, Schoenstatt... Tres palabras distintas y un mismo anhelo... entregarse por ellos.


Esta realidad que la Hermana Alejandra experimenta en su interior la ve plasmada en el ideal de curso que han elegido como camino de vida y que resumen en dos palabras: “Filia Patris” -Hija del Padre-. Saberse hijas de Dios Padre y vivir como tales es para ellas la máxima expresión de amor que un ser humano puede ofrecer a su Dios porque supone una identificación plena con Cristo, el Hijo del Padre.


Han reflexionado y discutido mucho antes de elegirlo, pero ahora lo han asumido porque están convencidas de que es una meta concreta y que constituye una necesidad imperiosa del tiempo actual. “Pro Patre consumor” -me consumo por el Padre- es la consigna que las une y la respuesta interior que intentan dar ante cada situación. Para la Hermana Alejandra esta expresión le significa algo muy especial; el anhelo que nació en ella cuando conoció Schoenstatt: consumirse totalmente -si así está en los planes de Dios- por su Reino, ofreciendo su joven vida. En su interior, esta frase se identifica plenamente con la estrofa Nº 153 del “Hacía el Padre” (1) que, tomada de una traducción libre, se ha hecho el lema de su vida:

“Todo a Schoenstatt consagré,
su deseo es para mí
cual mandato y moriré
por el Reino que elegí”
Quienes la conocen de cerca saben lo que esto significa para ella que ama la vida de todo corazón, como lo expresa en su  oración de Alianza: “Gozosa me entrego; gozosa de vivir en esta tierra y brindarme para ella, en esta época...”
Asimismo expresa en otras oportunidades:
“Me va a costar tanto dejar la vida, que alguien va a tener que apagarla, porque me encanta vivir.”
Esas sencillas palabras, expresan algo esencial: Su anhelo de inmolarse no es consecuencia de un desapego a la vida,  sino de un gran amor que penetra todo su ser: ama a Dios su Padre, ama su Reino y por ellos está dispuesta a regalar con  alegría el tesoro más valioso que posee: su propia vida.


“Todo a Schoenstatt consagré”

Corre el año 1958 y la Hna. M. Alejandra ya está en el segundo y último año del Magisterio. Justo en ese tiempo surge, en la Familia del las Hermanas el deseo de construir un gran altar junto al Santuario. Ellas quieren levantarlo en esta hora difícil que está viviendo Schoenstatt (el Fundador se encontraba en el exilio), como símbolo del amor filial y de la fidelidad crucificada. La gran cruz de madera con la que será coronada habrá de ser la expresión máxima de esa realidad. Las novicias comparten plenamente esta idea y aún más: quieren que esa cruz atraiga a muchos hombres hacia el santuario como fruto de sus propios vencimientos y “crucifixiones” de su voluntad en la Voluntad del Padre. Pero suponen que quizá Dios quiera pedir y aceptar más de ellas... Nace así, el deseo de enterrarse en los cimientos de esa construcción como semilla para el crecimiento de Schoenstatt en la Argentina, ofreciendo conscientemente la vida de una de ellas.


El 21 de setiembre por la noche, rodean el altar aún no terminado. La solemnidad del acto las ha puesto serias, a la Hermana M. Alejandra especialmente. Firman un pequeño documento que lacran y encierran en una botella hundiéndola debajo del lugar donde se alzará la cruz.


En una parte de él puede leerse: “Quisiéramos tomar las espadas de los héroes que descansan sobre tumbas y propagar el santo Reino a lo largo y a lo ancho de nuestra querida patria a cambio de nuestro serio aspirar: ‘no sólo lo grande sino lo más excelso, ha de ser el objeto de nuestras aspiraciones’ ... Sobre nosotras se levante el altar y la cruz que atraiga a las multitudes de nuestra patria y para que desde aquí se derramen las gracias y conviertan a la Argentina en un reino schoenstattiano.”


Meditando en esta realidad la Hermana Alejandra compone la letra para un canto cuya primera estrofa comienza así:

“Hacia el Padre, alza sus abiertos brazos
la cruz victoriosa
presagiando al mundo
la nueva era”


En 1959 es trasladada a Nueva Helvecia donde ejerce su profesión de maestra. Allí comienza a sentir dolores a los que no da importancia. Comienza a preparar los exámenes de inglés, que piensa tomar a mediados de noviembre, pero a comienzos de mes recrudecen los síntomas y debe volver a guardar cama. El médico diagnostica un problema en la vesícula y recomienda su internación para realizar un estudio más preciso que determine si es o no necesaria una intervención quirúrgica. Como ordena no esperar más, la Familia de las Hermanas decide su regreso a Buenos Aires para internarla en el Hospital de Florencio Varela, donde trabajan algunas de ellas como enfermeras.


La Hermana Alejandra se interna en una piecita individual llamada comúnmente “sala de pensión”. Los médicos repiten los estudios correspondientes y deciden someterla a una intervención quirúrgica en las próximas semanas. Ella se muestra conforme con la decisión y no objeta nada, a pesar de que para un enfermo, los días que median desde su internación hasta el momento de ser operado se hacen largos, inmensamente largos. En esas noches y días calurosos Dios lleva a su máxima altura el vuelo de amor que la Hermana Alejandra ha emprendido hacia su corazón.

En una carta escribió: “... Bueno, ahora algo que quiero pedirte. Sabes, he pensado y rezado mucho antes de decirtelo... Aquí he visto de cerca como la vida la toma Dios a pesar de todos los cálculos humanos y de todas las posibilidades favorables a la esperanza de un restablecimiento ... No me gustan ‘las actitudes’ ... Lo que te confío lo hago por convicción, con mucha tranquilidad interior ... Quisiera regalarme a Ella en la patena tomada por las manos como “la pequeña hermanita hostia “. si Ella quisiera aceptar mi vida, con todo el pasado, con todo el presente pleno de ansias, de amor, de tensiones, de bajadas y subidas y un futuro de esperanzas ... con todo el dolor de los que me quieren y el desprendimiento de los que amo...le digo: tómala... Por eso, dichosa sería si el jueves me ofrecieras a Ella como oblación total de amor por la misión de nuestro Padre, de Schoenstatt... Lo pido así, porque lo siento así... Lo hago con alegría y seriedad, contando con la posibilidad de ser tomada en serio y acarrear a otros un golpe brutal. Y, así aunque el corazón sangre, desde el fondo del alma pido: si quieres, toma mi vida, Mater, y todo lo que encierra... tómala, íntegra. Me regalo”.


Entrega de su vida


El jueves 3 de diciembre se lleva a cabo la operación sin ningún tipo de inconvenientes. Es común que bajo el efecto de la anestesia, los pacientes hablen en voz alta. La Hermana Alejandra no escapa a esta regla. Lo llamativo son las palabras que pronuncia en su estado de inconsciencia... Lentamente pero con claridad, se la oye decir:


“Toda a Schoenstatt consagré
su deseo es para mí
cual mandato y moriré
por el Reino que elegí”

Pasados los primeros malestares, todo hace suponer que pronto podrá regresar a Nuevo Schoenstatt para restablecerse definitivamente. Pero a los tres días de la operación repentinamente decae su estado de salud. Su organismo no tolera la alimentación por vía oral; es necesario darle suero. La Hermana Alejandra está muy débil; sus cohermanas se turnan día y noche para cuidarla. Sin embargo se muestra serena, como una persona que aguarda con alegría lo que Dios determine para ella. En la Noche Buena, después de la Santa Misa de Gallo, van las Hermanas a cantarle llevándole un pequeño Niño Jesús que, acostado sobre una cáscara de nuez, la mira sonriente. La Hermana Alejandra también sonríe y se los agradece aunque le resulta muy difícil hablar. Sin embargo, se nota que está feliz. También en su corazón ha nacido el Niño divino. La Mater acepta esta ofrenda que se consuma el 25 de diciembre de 1959. Ese día en el que la cristiandad celebra la fiesta de un Dios que por amor a los hombres se hace Niño, ella -como hija, como niña - consuma la ofrenda de su vida devolviéndola a las manos paternales de Dios y entregándola por amor a su Reino...


Tenía apenas 30 años. Tenía un gran amor a la vida. Tenía unas ganas inmensas de entregarse enteramente por Schoenstatt. Pero tenía también una disponibilidad generosa para aceptar lo que Dios le pidiese. La Hermana Alejandra ofreció su vida por la Familia de Schoenstatt en la Argentina y por la rehabilitación del Fundador. Su muerte no fue un hecho casual, sino la culminación de una vida entregada a esos ideales que Dios confirma con un hecho significativo:


La Familia argentina hace suya una historia bendecida y recibe una misión ... El eco repite: ¡Con María, Familia del Padre! El movimiento se hace Nazaret, Familia del Padre, donde cada miembro se siente hijo y por eso hermano. Anhelan impregnar la Argentina toda de esa corriente de vida... Dios premió una entrega. La vida de la Hermana Alejandra se hizo fecunda... En ella se cumplieron las palabras que el Padre Fundador pronunció en el Santuario del Padre en marzo de 1952: “Queremos implorar que Dios nos regale hombres y mujeres que no solamente sepan hablar bien, sino que comprendan toda la fuerza y todo el peso de esta misión que nos fue regalada por Dios para la época de hoy y que estén dispuestos a entregar su vida por ella”.


Conclusión

Si pensamos qué nos dice hoy su vida, pareciera que nos invitara a ser más “Hijas del Padre”, que saben hundirse en la tierra, enterrar sus egoísmos, que saben darle lugar a la Mater en su corazón, para que en ellas sea María la que brille, y tratar siempre en nuestras vidas de no obstaculilzar los planes de Dios.


“Quien tiene una misión ha de cumplirla”, decía nuestro Fundador. En este tiempo. La Hna. Alejandra supo asumir y donar su vida por la misión. Ella dijo: “Queremos tomar más seria y concientemente la Alianza de Amor que hicimos ...Contando con la maternal y especia solicitud de María quisiéramos tomar las espadas de los héroes y con la antorcha de Schoenstatt propagar el Santo Reino a lo largo y a lo ancho de nuestra querida Patria. la meta que debemos alcanzar es: conducir a todos los hombres al Padre, a la Casa Paterna, revelar por nuestro ser la verdadera actitud filial,...comprendemos que para ello es necesario que se erijan Santuarios de gracias y que Schoenstatt florezca en las almas, especialmente en la juventud...un sólo anhelo conocemos, una santa competencia por aumentar su tesoro de gracias y hundirnos cada vez más hondo como germen de Schoenstatt en Argentina.”


Fuente[editar]

Tomado de 5 Panes y 2 Peces