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Gracias del Santuario

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María es medianera de todas las gracias. Ella es ‑al decir de los Padres de la Iglesia‑ el "acueducto" o "canal" por el cual nos llegan las gracias del Señor: Es la "Omnipotencia suplicante" ante el trono de Dios. Es nuestra Madre, que da a luz a Cristo en nosotros y nos cuida con amor y sabiduría maternales.


En el santuario de Schoenstatt, ella ha querido ejercer en forma especial su labor de educadora y madre nuestra; allí ha instalado su "taller" donde atrae los corazones y los transforma en instrumentos aptos y dóciles en su mano. Esta acción maternal y educadora, que ella asume especialmente en virtud de la alianza, se canaliza, por así decirlo, en tres direcciones:


  1. Primero, María nos regala en la alianza un profundo cobijamiento y arraigo en su corazón.
  2. Segundo, el amor que ella nos tiene y que nosotros le tenemos, nos transforma, nos hace semejantes al Señor y a ella.
  3. Tercero, María nos regala su fecundidad y su poder maternal de intercesora y de reina.


Por eso acostumbramos a hablar en Schoenstatt de las “tres gracias del santuario”: la gracia del cobijamiento, de la transformación interior y del envío y fecundidad apostólica. Estos son los “milagros de gracia” que realiza María en su Santuario de Schoenstatt.

La gracia del cobijamiento espiritual[editar]

Todos los que acudan acá para orar deben experimentar la gloria de María y confesar: ¡qué bien estamos aquí! ¡Establezcamos aquí nuestra tienda! ¡Este es nuestro rincón predilecto! (Primera Acta de Fundación, Documentos de Schoenstatt, n. 7)


Así dice la Primera Acta de Fundación de Schoenstatt.


Por esta gracia, la Madre y Reina tres veces Admirable de Schoenstatt quiere sanar una honda llaga del hombre de nuestro tiempo: el múltiple desarraigo o descobijamiento en que éste vive. Un hombre sin hogar, sin familia, pieza de una máquina económica, política o de la propaganda, que desconoce el arraigo en un tú humano y en el tú divino. Este hombre es acogido en el corazón de María. En ese corazón es amado y puede echar raíces, entregar toda su miseria y debilidad y sentir su digni dad como hijo de Dios, especialmente amado por él. En el santuario, María nos concede la gracia de un encuentro profundo con ella y, a través suyo, con el corazón de Cristo y de Dios Padre.


Ella nos comunica la seguridad de la fe, la certeza de la confianza en Dios, el sabernos de verdad miembros de Cristo, revestidos de su nobleza y partícipes de su misión; de ser hijos de la Divina Providencia, del Padre que nos ama con infinito amor de misericordia y que nos hace cooperadores suyos en Cristo Jesús. María nos regala el sabernos, como ella, templos del Espíritu Santo y miembros de una familia de hermanos en Schoenstatt y en la Iglesia. Ella nos regala el terruño de Schoenstatt, su santuario, como símbolo y signo sensible de este cobijamiento profundo en su corazón y en el corazón de Dios. Por eso podemos decir con toda verdad que el santuario es nuestro "hogar".


No se trata que María en el santuario nos dé en primer lugar un cobijamiento sensible. Ella nos regala la gracia de sabernos y experimentarnos profundamente arraigados y anclados en Dios. Lo puramente sensible es de suyo pasajero. En cambio, esta gracia del cobijamiento cala en lo más hondo de nuestro ser. Esto no excluye, sin embargo, que a veces ella también nos regale el sentirnos afectivamente cobijados, aunque lo más importante es ese cobijamiento en la profundidad de la fe y la confianza en Dios.


La importancia de este don de María es inmensamente grande. Esta gracia vence la angustia típica de nuestro tiempo, ese nerviosismo e inseguridad existencial en la cual casi constantemente nos movemos, atemorizados por el presente y el futuro, en todos los órdenes de nuestra vida. Con María nos sentimos seguros como "sobre roca"; bajo su manto nada podemos temer. Esa es la convicción que recibimos en el santuario. Por eso su imagen en el santuario lleva la inscripción: Servus Mariae numquam peribit": “un siervo de María nunca perecerá".


En otras palabras, en el Santuario, María nos regala la gracia de sabernos niños ante Dios. El don por el cual Cristo entregó su sangre. María que es Madre, nos abre el camino a esa infancia de los cielos, sin la cual no tenemos acceso al Reino. Ella la regala a quienes se la piden con fe, en forma extraordinaria. Ella realiza al “milagro” que hace de nosotros, hijos de nuestro tiempo, hombres y mujeres de fe profundamente anclados en el corazón de Dios Padre.


La gracia de la transformación[editar]

Tal como para nuestro segundo patrono, san Luis Gonzaga, una capilla de la Sma. Virgen en Florencia fue el origen de su santidad, así también esta capilla de nuestra Congregación será para nosotros cuna de santidad. Y esta santidad hará suave violencia a nuestra Madre Celestial y la hará descender hasta nosotros (Primera Acta de Fundación, Documentos de Schoenstatt, n. 8)


El santuario quiere ser para nosotros "cuna de santidad". María no sólo nos cobija, sino que también nos llena de su espíritu, que es el Espíritu de Cristo, transformándonos en hombres nuevos y en una nueva comunidad. Lo hace en vista de la urgente necesidad de que surjan hombres verdaderamente nuevos capaces de gestar una nueva sociedad que lleve el sello de Cristo. Sin la transformación personal, nuestra lucha por una nueva cultura marcada con el sello de Cristo, se verá frustrada. Por eso, ella, que quiere hacer nacer a Cristo en nuestro tiempo, anhela transformarnos por la fuerza de su amor.


El Santuario de Schoenstatt es así un verdadero “taller” de María, donde ella se muestra como la gran educadora y se manifiesta en su capacidad de cambiar el corazón y la vida de quienes se entregan a ella y están dispuestos a dejarse forjar en su fragua.


Encontrarnos con ella significa para nosotros ponernos en contacto vital con la "plena de gracias", la mujer "vestida de sol", la encarnación perfecta del hombre plenamente redimido en Cristo Jesús, que nos baña de su luz, nos eleva y nos ennoblece. Ponernos en contacto con la Llena de Gracias, nos mueve también a luchar por encarnar ese ideal y a despojarnos del hombre viejo que arrastramos con nosotros con todas sus miserias y pecados. El amor a María posee una poderosa fuerza transformadora. Es un amor que nos asemeja a ella y que nos mueve a que cooperemos con la gracia que recibimos, autoformándonos. La fuerza transformadora del amor de María quiere hacer de nosotros, hombres libres, hombres capaces de amar y hombres constructores de historia; nos anima a que tendamos hacia las estrellas y no desfallezcamos en nuestra lucha.


Es un amor que nos hace libres, con la libertad de los hijos de Dios, que vencen las esclavitudes a las cuales nos somete el pecado y las cadenas de nuestra civilización.


Ella hace milagros, suscita transformaciones que no se explican ni son fruto del mero esfuerzo humano. Esa es la experiencia de quienes acuden a su Santuario de Schoenstatt.


La gracia de la fecundidad apostólica[editar]

Tráiganme con frecuencia contribuciones al Capital de gracias. Adquieran por medio del fiel y fidelísimo cumplimiento del deber, y por una intensa vida de oración, muchos méritos y pónganlos a mi disposición. Entonces con gusto me estableceré en medio de ustedes y distribuiré abundantes dones y gracias. Entonces atraeré aquí los corazones jóvenes hacia mí, y los educaré como instrumentos aptos en mi mano. (Primera Acta de Fundación, Documentos de Schoenstatt, n. 11)


Esta tercera gracia que María nos da en el santuario en virtud de la alianza, viene a completar el sentido de las dos anteriores.


En efecto, la gracia del cobijamiento o arraigo en Dios y la gracia de la transformación interior no son únicamente un don que Dios nos hace personalmente, sino que representan, en primer lugar, un regalo para el mundo y la Iglesia. Porque esas gracias se nos dan para transmitirlas a los demás. A María le importa cooperar con la redención de Cristo, quiere co‑redimir y para ello nos llama y elige en la alianza.


Así como ella imploró en el Cenáculo el Espíritu Santo para la Iglesia naciente y los primeros apóstoles, así ahora también implora en su santuario esa gracia del Espíritu que nos transforma en apóstoles y nos saca de la mediocridad. Ella nos acompaña, nos apoya, de modo que nuestra acción, transformada por la gracia, sea fecunda apostólicamente. María nos dice que cada uno de nosotros tiene una misión y que ella implora constantemente para nosotros la luz y la fuerza para que cumplamos esa misión.

El Movimiento de Schoenstatt que nació del santuario, desde el inicio se comprendió como un movimiento apostólico. Quien peregrina al santuario va a implorar a María la gracia del envío, o de la conciencia de misión evangelizadora, es decir, la gracia de saberse un instrumento del Señor para instaurar su Reino aquí en la tierra y llevar la Buena Nueva a todos los rincones. Al santuario de Schoenstatt no vamos a refugiarnos, en el sentido de eludir nuestras responsabilidades apostólicas concretas. No acudimos a “encerrarnos” en el santuario, sino vamos “a tomar bencina”, a encendernos en el fuego del Espíritu Santo, que nos hace ser sal de la tierra, luz y levadura en medio del mundo. Un hijo de María, arraigado profundamente en el santuario, es siempre un apóstol.

“Ella es la gran misionera, ella realizará milagros”. “Se trata de tu causa, muestra tu poder”, son lemas que nos legó, en este sentido, el fundador.

La última estrofa del "Cántico al Terruño", escrito por el P. Kentenich en el campo de concentración de Dachau, expresa esta realidad:


¿Conoces aquella tierra preparada para el combate,

acostumbrada a vencer en todas las batallas:

donde Dios se desposa con los débiles

y los escoge por instrumentos;

donde, no fiándose de las propias fuerzas,

todos confían heroicamente en Él

y están dispuestos a entregar por amor,

con júbilo la sangre y la vida?

Yo conozco esa maravillosa tierra;

es la pradera asoleada

con los resplandores del Tabor,

donde reina nuestra Señora tres veces Admirable

en la porción de sus hijos escogidos,

donde retribuye fielmente los dones de amor

manifestando su gloria

y regalando una fecundidad ilimitada.

¡Es mi terruño, es mi tierra de Schoenstatt! (HP, 606)


Referencia[editar]

Tomado de Mundo Schoenstatt