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Autoeducación
De WikiSchoenstatt
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[editar] La autoeducación como un imperativo
1. Queremos introducirnos en la tarea de autoeducarnos de acuerdo a los fines y a los métodos de Schoenstatt. Primeramente hablaremos de la necesidad e importancia de la autoeducación. La autoeducación es un imperativo que se deduce a partir de nuestra condición humana y, particularmente, a partir de la etapa de la vida en que nos encontramos.
2. Autoeducarnos significa, como la misma palabra ya lo indica, hacerse uno mismo cargo de la formación de la propia personalidad, tomar en las propias manos las riendas que dirigen nuestra vida, acabando con ese dejarse llevar por la corriente, tan característico del hombre actual.
En otras palabras, dejamos de ser niños, tenemos conciencia de nosotros mismos: somos responsables de nuestro destino.
3. ¿Por qué es necesario autoeducarse?
Lo propio del hombre, lo que lo distingue de los minerales, las plantas y los animales, es que debe asumir la tarea de construirse a sí mismo. “El hombre –dice Ortega- es historia por hacer”. Una planta nace y a partir de ese momento, de acuerdo a una necesidad intrínseca, se desarrolla, crece y da fruto en una sola dirección. Igual cosa sucede con los animales. El hombre, en cambio, nace como un ser en germen, tiene la posibilidad de desarrollarse como hombre si es que asume en un determinado momento la tarea de construir su propia personalidad.
El mismo autor, Ortega y Gassett, nos lo explica:
“Mientras el tigre no puede dejar de ser tigre, no puede destigrarse, el hombre vive en riesgo permanente de deshumanizarse. No sólo es problemático y contingente que le pase esto o lo otro como a los demás animales, sino que al hombre le pasa a veces nada menos que no ser hombre. Y esto es verdad no sólo en abstracto y en género, sino que vale referido a nuestra individualidad. Cada uno de nosotros está siempre en peligro de no ser el sí mismo único e intransferible que es. La mayor parte de los hombres traicionan de continuo a ese sí mismo que está esperando ser”. (El hombre y la gente, pág. 45).
4. La planta y el animal tienen el problema de su existencia ya resuelta. Sólo basta que los factores exteriores sean favorables para que se desarrollen y alcance su meta. Tanto la planta como el animal están determinados por las cosas y regidos por el instinto.
El hombre nace también, como ser en potencia, pero su existencia no está resuelta. Cuando es niño está condicionado esencialmente a sus padres, quienes deben ayudarle a crecer a valerse por sí mismo.
La etapa de la adolescencia marca en el niño el término de un período y el inicio de otra etapa fundamental. El niño deja de ser niño, comienza a descubrirse en su originalidad y autonomía se siente distinto e, instintivamente, tiende a rebelarse contra lazos que pudiesen coartar su libertad: siente que ha llegado la hora de decidir él mismo su vida.
Esta etapa dolorosa y difícil de la adolescencia, tan llena de conflictos interiores y con el medio ambiente, encuentra en el período de la juventud una cierta clarificación y encauzamiento más definitivo. En la adolescencia predomina lo que podríamos llamar “la revolución del Yo”. La etapa de la juventud tiene como meta y sentido la “conquista del Yo”, para desembocar en la etapa de la edad adulta, en “la posición del Yo” o “realización plena de sí mismo”.
5. La diferencia esencial entre el animal y el hombre, es que éste es un ser libre. Más allá de las fuerzas instintivas que se encuentran en su ser y del condicionamiento exterior de su existencia, está el hecho de su libertad y libertad significa la posibilidad y la responsabilidad de autorealizarse.
6. Quien no se hace cargo responsablemente de su existencia y no enfrenta la tarea de construir su destino, abdica de lo más propio de su ser, se reduce a la condición de planta o de animal irracional: se animaliza, se despersonaliza, se deshumaniza. Desgraciadamente este fenómeno es mucho más común de lo que pensamos.
7. Nuestras potencialidades requieren y esperan el uso de nuestra capacidad de “autoconstrucción”: somos un germen, una posibilidad. Que ese germen y esas posibilidades se conviertan en realidad depende de nosotros.
Más urgente se hace aún esta tarea si consideramos los incontables factores que amenazan nuestra autoformación. No basta darse con tranquilidad a la tarea de la autoformación. La autoeducación entraña una lucha, requiere la aplicación de todas nuestras fuerzas, el uso íntegro de la libertad. También la aplicación de la libertad como capacidad de decidir ante diversas posibilidades. Un proverbio hindú dice: “Dondequiera que el hombre pone la planta de su pie, pisa cien senderos”. Si se decide ingresar a la universidad y se logra, con ello aún no está resulto todo el problema, en ese mismo momento se abre un abanico de posibilidades. Si se quiere ser médico, por ejemplo, está abierta la pregunta qué tipo de médico, qué finalidad se va a dar a la carrera, con qué profundidad se va a estudiar, etc. Por eso, decimos que el hombre no sólo es un ser en germen y amenazado, sino también, agregamos: es un ser polivalente. Con ello indicamos que las posibilidades de su desarrollo son múltiples, puede llegar a ser un criminal, como puede llegar a ser un santo. Todo dependerá de la ruta que tome, de la fidelidad en la ardua tarea de la autoformación.
[editar] La autoeducación como imperativo para el cristiano actual
1. Para ser cristiano no basta el hecho de haber sido bautizado. Al igual que la vida natural, la vida sobrenatural es un germen que tiene que desarrollarse, lo cual no sucede sin nuestra cooperación. Como dice San Agustín, uno de los padres de la Iglesia: “El Dios que te creó sin ti, no quiere salvarte sin ti”. La realización plena de nuestro ser cristiano no se realiza sin un serio trabajo de autoeducación.
2. Todos conocemos y sentimos las dificultades por las cuales atraviesa la Iglesia en nuestro tiempo. Un cierto tipo de cristianismo tradicional y de costumbres ha hecho crisis. Ya desapareció el ambiente de “cristiandad” donde se conservaban formas y ritos cristianos y se conservaba una cierta mentalidad cristiana, a los cuales muchas veces se adhería, por desgracia, por costumbre social más que por fe.
3. Pero, no sólo esto, el cristianismo ha sido cuestionado a fondo. Se ha querido demostrar “científicamente” que ya pasó su hora. La fe, se afirma, estaba bien para el hombre que aún no había obtenido el dominio de la técnica y de la ciencia; ahora no tenemos para que recurrir a “fuerzas” extraterrenas. El hombre y no Dios es el dueño del mundo, de la naturaleza y del futuro. Dios, la religión es el “opio del pueblo”, el mito que nos aliena e impide avanzar.
4. Otros dicen que afirmar la existencia o no existencia de Dios está más allá de nuestras posibilidades. Por eso, para qué complicarse la vida tratando de escudriñar lo que está más allá. Existen suficientes misterios y tareas en el más acá, como para preocuparse con un problema que no podemos aclarar con la razón. Para qué, agregan otros, complicarnos la vida con una moral impuesta que nos amarra y quita la libertad.
5. Este es el ambiente en el cual nos movemos. La Iglesia ya está pasada de moda, la religión no es “científica”. Por eso, quien pretende ser cristiano en nuestra época, si es que quiere serlo de verdad, tiene una ardua tarea por delante.
La mentalidad reinante no lo comprenderá, incluso, lo va a rechazar, porque resulta incómodo alguien que se guía por principios, que quiere ser consecuente con el mandamiento del amor al prójimo y está dispuesto a nadar contra la corriente.
El cristiano de hoy tiene que afirmarse en un ambiente adverso, práctico y, en gran parte también, doctrinalmente ateo. Debe ser capaz de defender su fe y ser consecuente con ella. Ya no bastan los cristianos de costumbre, sólo permanece firme el cristiano de convicción.
6. En otras palabras, necesitamos hombres de una auténtica personalidad cristiana. Y esto lo logramos en la medida que cada miembro del Pueblo de Dios toma en serio la educación de su fe, que con responsabilidad asume conscientemente su papel y se exige a sí mismo consecuencia en la vida práctica. En el pasado se era “llevado” por el ambiente cristiano, el no cristiano era el extraño. Ahora sucede todo lo contrario. Con el tipo de cristianismo anterior no seremos capaces de afirmarnos en medio de la sociedad actual, y, menos aún, de dar un mensaje positivo y de ejercer una influencia vivificadora.
7. Por eso, Schoenstatt nos llama a la conquista de una personalidad cristiana adulta, capaz de convencer por la vida y de ser levadura en la masa; Schoenstatt pone en nuestras manos la tarea de educarnos como personalidades auténticamente cristianas cooperando activamente con la gracia que Dios nos da.
[editar] La práctica de la autoeducación
1. Debemos crear un nuevo tipo de hombre que, a partir de su interioridad, sea capaz de poseer el autodominio y, con ello pueda, también, dominar el mundo que lo rodea. Es decir, un hombre “humano”, capaz de humanizar. Para ello queremos aprender el arte de la autoeducación.
2. La autoeducación es un arte. Es necesario aprender a autoeducarse, y esto no se logra sino por el camino de la práctica. Es un arte que requiere un maestro, alguien que nos ayude. Por eso el Padre dice en el Acta de Prefundación:
“Queremos aprender. Por lo tanto, no sólo ustedes sino también yo. Aprender, mucho menos tratándose del arte de la autoeducación, que representa la obra y la tarea de toda nuestra vida.
Queremos aprender, no sólo teóricamente: así hay que hacerlo, así está bien, así, incluso, es necesario… En realidad todo eso nos serviría muy poco. No. Tenemos que aprender también prácticamente. Debemos poner manos a la obra cada día, cada hora. ¿Cómo aprendimos a caminar? ¿Se recuerdan cómo aprendieron, o por lo menos, cómo aprendieron sus hermanos menores? ¿Acaso la mamá hizo grandes discursos diciendo: “Fíjate Toñito o Mariíta, así hay qué hacerlo? Si así hubiese sido, aún no sabríamos caminar. No, ella nos tomó de la mano y así comenzamos a caminar. No, a caminar se aprende caminando; a amar, amando. Del mismo modo debemos aprender a educarnos a nosotros mismos por la práctica constante de la autoeducación. Y, en verdad, ocasiones no faltan. Queremos aprender a educarnos a nosotros mismos”. (A 11, n. 7-8).
3. No sacaríamos nada con discutir en nuestros grupos teóricamente qué es la autoeducación y cómo debe practicarse. Lo propio de nuestro trabajo no consiste en aclarar, con mayor o menor inteligencia, algunas ideas. Todo se decide en la voluntad de querer llevarlas a la práctica. En la medida que tratemos concretamente de autoeducarnos y de ayudarnos mutuamente en este arte de la autoeducación, por la misma práctica, obtendremos también una mayor claridad sobre el sentido y la importancia de la autoformación. Los frutos que obtendremos nos mostrarán su valor.
4. La práctica de la autoeducación requiere que aprendamos a conocernos a nosotros mismos. En general nos preocupamos sólo de aprender más y más materias en el colegio o la universidad, nos llenamos la cabeza con conocimientos científicos, nos preocupamos de estar al tanto de todas las noticias, leemos los diarios, vemos televisión, etc. Pero, ¿nos hemos preguntado quiénes somos nosotros mismos, qué temperamento, qué carácter poseemos? Preocuparnos de descubrir nuestro mundo interior hará posible un serio trabajo de autoformación. Hay que acabar con esa superficialidad que reina en nuestro ambiente, no podemos ser “vividos” por las circunstancias.
5. Para que sea posible lograr el conocimiento de sí mismo se requiere, sin embargo, cumplir una condición ineludible: hay que dejarse tiempo para la reflexión personal. Esto es algo muy simple, pero, en la práctica, difícil de realizar. Estamos demasiado “tomados por la máquina”, tenemos “demasiadas cosas que hacer”. Todo nos parece más urgente y necesario, que dejarnos unos momentos para estar tranquilos y encontrarnos con nosotros mismos.
6. En no pocos casos la raíz de esta “falta de tiempo” reside en el hecho que nos da miedo estar en silencio: nos da miedo toparnos con nuestro vacío interior. Nos damos cuenta, de pronto, que si miramos hacia adentro tratando de escudriñar lo que somos, no encontramos nada a que asirnos. No poseemos un “fondo interior”, no hemos conquistado aún el “núcleo” de nuestra personalidad. Hacerlo es nuestra tarea. No lo alcanzaremos de un día a otro. La autoeducación, decía el Padre, “es la tarea de toda nuestra vida”. Lo importante es ponerse manos a la obra y no dejarse desalentar por las dificultades.
7. Y en esto tenemos que ser prácticos. El tiempo para la meditación personal debe determinarse claramente. No sacamos nada con decir simplemente: “Esta semana me dejaré tiempo para la reflexión personal”. Las “buenas intenciones” sirven de muy poco.
8. Como se puede suponer, al inicio no nos resultará fácil concentrarnos, es aconsejable, por lo tanto, ayudarse de un cuaderno personal. A veces anotando nuestros pensamientos nos resulta más fácil concentrarnos y evitamos el peligro de que se nos pase el tiempo en divagaciones.
9. El conocimiento sobre nosotros mismos nos permitirá descubrir quiénes somos, de qué materia estamos hechos, cuáles son nuestras cualidades y defectos principales, cuál es la estructura de nuestra personalidad. Nuestra personalidad es compleja: somos producto de una historia, contamos con una herencia, estamos influenciados por nuestro ambiente, etc., etc. En los temas próximos tocaremos algunos aspectos básicos del conocimiento de sí mismo.
Nos detendremos a analizar nuestro temperamento. En la medida que lo logremos tendremos también “materia” para llevar a la práctica el trabajo de la autoeducación. Por ahora sólo queremos conquistar la costumbre o el hábito de la reflexión personal, convencernos de su valor y necesidad. En otras palabras, acabar con el vacío interior, conquistar nuestra propia interioridad. Tenemos que llegar a ser personas capaces de ejercer una profunda influencia en su medio ambiente en primer lugar, como dice nuestro Padre, “por la fuerza, por la riqueza interior de nuestra personalidad” (Doc. A, 22,16).
10. Leamos esta página de M. Quoist:
“Saber detenerse.
Con demasiada frecuencia el hombre moderno se atormenta porque no tiene el placer de detenerse o no sabe ya darse el placer de detenerse, contemplarse, para adquirir conciencia de sí mismo. A copia de correr, no se atreve ya a recogerse porque se vería brutalmente colocado frente a responsabilidades que le dan miedo. Correr le da la impresión de vivir. De hecho se aturde, se evade de sí mismo y se condena a la vida instintiva. Ya no es hombre sino bestia. Resignarse a detenerse es el primer acto que le permitirá restituirse a sí mismo.
• Si “empujas” siempre el coche con mucha velocidad, cansarás el motor. Si vives sin cesar “bajo presión” tu cuerpo y tu espíritu se gastarán muy pronto.
• Si tanto corres, no encontrarás a nadie y lo que es peor no te encontrarás ni a ti mismo.
• Si quieres captar lo más profundo que hay en ti, has de saber detenerte.
• Comiendo de pie, digieres mal. Siéntate. Si discurres corriendo, reflexionas mal. Siéntate.
• No esperes a que Dios te detenga para adquirir conciencia de que existes. Sería demasiado tarde; no podrías ya merecer.
• El maestro desbordado por sus alumnos desearía escapar de la clase. El ama de casa que lo tiene “todo abandonado” no se halla a gusto en casa. El hombre que no se domina, se “abandona”; pasa ante su puerta sin osar jamás entrar en su casa.
• Si te retrasas en el pago del alquiler, no deseas encontrarte con tu casero. Si por descuido has pasado mucho tiempo sin ver a tu amigo, te sientes molesto al verle y evitas salirle al encuentro. Si temes detenerte es por miedo de encontrarte de nuevo; y si temes encontrarte, es porque no estás ya acostumbrado a ti mismo, ya no te conoces, temes tus reproches y tus exigencias.
• ¿No tienes tiempo de detenerte? Sé leal, hay momentos libres en tus actividades. No corras a llenarlos con el ruido o el diario o una conversación o una presencia… Cuando esperas, en la peluquería, no te precipites sobre una revista. Detente. Estás en el trolebús, apretado por la multitud, mecido por el rumor anónimo. Detén sus ensoñaciones. La comida no está a punto, no vuelvas a salir “un minuto” para ver a un compañero. Detente. Gozas de un minuto de silencio, no pongas un disco. Detente.
• Si el nadador eleva la cabeza es para “respirar”. Si el automovilista se para ante el poste de bencina es para “proveerse”. Si te paras es para adquirir conciencia de ti mismo, unificar todas tus potencias, ordenarlas y dirigirlas para entregarte enteramente a tu vida.
• Resignarse a detenerse es aceptar contemplarse; aceptar contemplarse es ya entregarse, puesto que es obligar al espíritu a penetrar en el interior de su propia mansión.
• Sólo en la Luz de Dios te reconocerás y te comprenderás plenamente. Sólo al unísono con la Acción de Dios actuarás con eficacia. Cuando te cites a ti mismo cita al mismo tiempo al Señor.
• En el transcurso de tus días aprovecha todas las ocasiones que la vida te ofrezca, para recogerte y comunicar a Dios:
Que esperas el autobús, que el motor de tu coche se calienta antes de arrancar, que esperas tres minutos el huevo pasado por agua, que la leche va a hervir, que el agua está demasiado caliente, que el teléfono, que la línea ocupada, que la señal roja en la calle…
No “mates el tiempo”; por corto que sea, es providencial; ¡el Señor está presente en él, te invita a reflexionar y a decidirte a ser más hombre!”.
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Tomado de "Temas de Schoenstatt" en un link de una página que ya no está funcionando, aquí